El café de sus ojos
Me miró profundo a los ojos. Y sí,
honestamente valí gorro... el sonido de fondo: Tamales oaxaqueños calientitos; fue nuestra romántica canción de
fondo durante ese instante en el que me perdí en el café...
Después el pulque hizo su magia. La bebida
de los dioses que se bebe para "cantar con los coyotes", nos depositó
en medio de una atmósfera rara; entre amigos, risas, sudor y una extraña pero
interesantísima platica en spankoreanglish: Mi promesa de amor eterno a mi
greñudo novio, se me olvidó casi por completo.
Las fotos entre el sonido de la música de
mi entonces novio, las sonrisas y el coqueteo, me tiraron de la realidad,
entonces me monté en una burbuja de fantasía donde las barreras se tumbaban
enteras. Donde no importaba la diferencia de culturas, ni de idiomas, ni de
ideologías; sólo entrabamos él y yo en una utopía que se volvió una extraña y
chafa historia de amor fallido una vez más...
Con la adrenalina extrañamente esparcida
en mi cuerpo terminé una relación sin querer, o más bien sin pensar, sólo
actué, me dejé llevar -como luego es mi costumbre- y de pronto me sentí libre:
agustamente ligera y libre.
Corrí a los brazos de un desconocido, un
fuereño, un viajero que desde muy lejos tuvo que caer precisamente aquí. Yo la
que no creía en el destino, dejé fluir las cosas y terminé hasta rezando por un
poco más de tiempo, por un poco más de sus ojos, por un poco más de sonrisas,
por un poco más de su cultura en mi, por un poco más de él.
Pero como dice el dicho de las abuelas: No
hay tiempo que no llegue, ni plazo que no se cumpla. O algo así (nunca he sido
buena para recordar exactos los dichos) Una semana después de nuestra primera mirada;
nos encontramos de nuevo: Un sábado sabroso, en una fiesta llena de buenas vibras
y buena onda. No había para donde escapar.
Nos escabullimos de las miradas curiosas
de los demás y en un juego de miradas, gafas, risas y sorpresas... llegó ese
beso furtivo, robado, pero muy esperado y ansiado. Sus pequeños ojos se
abrieron inesperadamente y sus mejillas se salpicaron de rosa sobre ese
amarillo tenue tostado de su piel.
Fue corto el tiempo, pero fulminante para mí.
Siempre riendo, enseñándome y yo felizmente aprendiendo de él. Un ser fuera de
serie, inteligente, audaz, culto, ávido estudiante de todo: de mí también.
Su mano se aferraba siempre fuerte a la
mía. Su fuerza en su aparente pequeño cuerpo, era sorprendente, esa fuerza;
estoy segura, proviene de su alma de guerrero con la que recorre el mundo.
Metidos en una bomba de tiempo, en una
lata con caducidad próxima a expirar. Nuestra pasión se nos desbordó un poco o
un mucho...
El tenía que irse y yo lo sabía bien; tal
vez por eso yo también me aferré a una historia de amor imposible. En esta
ocasión no tendría que salir corriendo con algún pretexto o buscar alguna
excusa para huir cuando las cosas se pusieran serias. Simplemente había una
fecha, un final seguro y sin retorno.
Quería vivir mi historia boba de amor; y
me la conseguí. Le hablé de mis sentimientos hasta el minuto cero. Me dispuse a
disfrutar su radiante sonrisa y presencia hasta el amanecer de nuestro último
anochecer.
Y entonces como un mal chiste. Me quedé
sólo con unos souvenirs para no olvidarme de ése hombre que hizo que mi corazón
brincara y latiera sin control, que mi piel pidiera a gritos la suya y mis ojos
ardieran por ver sus ojos otra vez.
En mis manos quedó un hermoso abanico
coreano, en mis labios un último dulce beso, en mi memoria su partida por
aquella salida tan amistosa y la promesa de volvernos a ver algún día lejano.
epiloguito: también me dejó dos libros medio buenos, medio malos y un diente de la orillita roto de pura pasión.



No hay comentarios:
Publicar un comentario